4 de agosto de 2011

... y recorrer la ciudad con la cabeza apoyada contra el cristal.

Observar las hojas marchitas, los vehículos corriendo a velocidades desconsideradas simulando enojo y violencia, los pobres árboles con sus ramas tiesas apuntando al cielo con tanta presición como las bailarinas de ballet, los rascacielos que realmente acarician el firmamento, el cielo que paulatinamente comienza a tornarse naranja, las pintorescas calles intransitadas con sus moradas de cuento de hadas, las calles transitadas con sus lujosos escaparates llenos de joyas y vestidos costosos, los transeúntes deambulando por éstas: los ricos que se sitúan frente a las vidrieras y escogen con determinación qué comprar, y los pobres que se mezclan con los anteriores y solo les basta observar a pesar que se les haga agua a la boca. Los transeúntes con sus interminables problemas, las rayas blancas del asfalto, la absurda senda peatonal que ya nadie usa, las iglesias, los fríos velatorios, la florería de la esquina con sus coloridas flores y su triste o hermoso premeditado fin: obsequio para los amantes o atención para los fallecidos, los postes de luz llamados faroles, el frío. El dulce frío que se cuela por entre las bota-mangas del pantalón y termina dibujando un círculo rojo en la nariz. El cielo, que aún está celeste, franjeado por un aura blanco que inspira ternura, pero la luna con su simpática forma de medialuna inclinada estaba situada en el medio de un cielo cálido pero sin sol. Las luces de la ciudad también ignoraban el color del cielo y ya habían comenzado a encargarse de la iluminación. En realidad es hermoso, la ciudad puede ser realmente dañina pero no es un paisaje desdeloso, los faros de los automóviles incluso se lucen más con el cielo en su tono dudoso, porque a medida que escribía la noche cada vez se volvía más palpable y se acercaba más al procenio para brillar finalmente. Y el patrón se volvía a repetir. Edificios, florerías, problemas... Anuncios publicitarios que aparentan inocencia, pero son resultado de estudios macabros de psicología y contabilidad que sólo buscan vender el producto a un millar de gente.
Y ocultarse de los problemas entre los grafitos y las hojas de papel mate.

2 comentarios:

  1. Precioso viaje, me ha gustado mucho la sensibilidad con la que has descrito el mismo, casi he podido verme a mi mismo recostado sobre la puerta y la cabeza sobre el cristal dejando pasar el paisaje mientras la mente se pierde en otros viajes.

    un beso

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  2. Me encanta como has descrito las cosas. Me dejas sin palabras ya que tienes un gran talento.
    Saludos! :)

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