24 de febrero de 2011

¿Recuerdas cuando eras pequeña? Al momento de dormir, apagabas la luz y rápidamente corrías a tu cama, te tapabas hasta arriba de la cabeza y cerrabas con fuerza tus ojos. Le temías a la oscuridad. 
Y si le tenías miedo a la oscuridad, ni hablar del recoveco de debajo de la cama.
Te aterraba la sola idea de imaginar la cantidad de mounstros que vivían ocultos en esa boca de lobo, creías que podrían devorarte y arrastrarte con ellos, con solo pensarlo corrías de nuevo y presionabas el interruptor de la luz.

Luego, a medida que fuiste creciendo volviste a pensar en ese recoveco. Pero ésta vez no le temías, si no que lo utilizabas como un escondite. ¿Existía un mejor lugar para ocultar las cosas que ya no te interesaban pero que no querías asumir que así era? Esa basura que se acumulaba en tu habitación y cortaba con el orden en ella, con la perfección de un piso de parquét limpio y encerado; pero que no te atrevías a deshacerte de ella. Te daba tanta pena dejar en la bolsa de basura ese viejo camión de bomberos, no podías imaginarte tu vida si alguna vez tu actual camioncito se rompía y necesitabas el viejo, y éste no estaba porque te habías deshecho de él. En fín, era el lugar ideal para esconder esa basura que no sabías dónde meter y que además te avergonzaba.
Toda esa basura recaía en la misma excusa: 'tal vez alguna vez la necesite'. Y ahí la dejabas. Pusiste a descansar miles y miles de juguetes inertes bajo el polvo, sin ver la luz del día; olvidaste un montón de cartas absurdas o recuerdos infantiles que jamás necesitaste luego. 
Pero era perfecto, porque no te deshacías de ellos y en cualquier momento podías correr en su búsqueda para volver a utilizarlos. 'Rayos! me olvidé de mi Barbie Fairytopia' y corrías en busca de ella y casi jurabas que a la barbie le dolía que te hayas olvidado así de ella. Yacía cubierta de polvo debajo de la cama pero en cuanto veía la luz del día volvía a iluminarse esa sonrisa de plástico que lleva prendida en su cara.

Y cuando creces, vuelves a recordar el recoveco. Pero de una manera más atróz: sientes que es una metáfora relacionada con lo que hacías de pequeña con tus juguetes, y te conviertes en uno de ellos: en una muñeca. Eres la basura que tu dueño no se atrevió a tirar, esa molestia que le arruina la dicha y la perfección de un piso de parquét encerado y limpio. Tan solo eres una muñequita más que surgió de la nada de la cual no se quiere deshacer porque tal vez le sirva en un futuro, cuando todas sus muñecas favoritas ya no estén, y seas la única que le quedó. La que prefirió no afixiar en la bolsa de consorcio y a cambio la dejó olvidada debajo de la cama, recubierta en el polvo ¡cómo si eso doliese menos!
Y mientrás te ocultan ahí, lo único que haces es llorar. Llorar y gritar, porque nadie te escucha.
Descubres que no existe mejor lugar que ese recoveco como para ir a llorar cuando las penas te están matando. Esa oscuridad a la que tanto le temías se vuelve tu mejor amiga, la soledad que allí abrigaste se convierte en tu mejor consuelo ¿y qué mejor que un lugar donde nadie te ve para ser ese alguien que no te atreves ser?
Exepto tu yo en miniatura. Ella solo te escucha, tal vez sea un ciclo sin fin. Oye golpes secos, suspiros, resoplidos, sollozos desconsolados que la aterran. Y descubres que, aunque no lo supieras, de pequeña temes a tu futuro: de ser una barbie insulsa te conviertes en un mounstruo recubierto de mucosidad y llanto, con ojeras púrpuras y pupilas inyectadas en sangre.

Y un día, luego de años de espera, ves la luz del día. Lo peor del caso, es que cuando por fín tu dueño se acuerda de tí y te necesita, corre a tu encuentro, y allí estás. Porque a pesar que quisiste escapar no pudiste, porque él te da la movilidad en las piernas, y no puedes huír sin ella. Entonces cuando por fín te encuentra y te quita todo el polvo, ahí te tiene: exactamente igual a como te dejó, con el corazoncito de plástico achicharrado y el maquillaje corrido debido al tiempo y las lágrimas. Pero con la sonrisa intacta, debido a que no puedes evitar sonreír al ver la luz del día. Y la luz del día es tu dueño, ese que tanto te hirió abandonandote pero que a pesar de todo, aún quieres.
¿Y cómo haces para dejar de llorar cuando es lo único que te va a calmar la ansiedad?

8 de febrero de 2011

Regla basica n°1: no te ilusiones jamás.

Es sencillo dejarle rienda suelta al estúpido corazón y que tome la tarea de imaginar una perfecta utopía todas las noches antes de entrar en la subconsciencia del sueño.
¡Claro! Al principio no te causa daño alguno pero el problema está cuando comienzas a transformar la utopía en posibilidad.
Sucede que tú te arriesgas, tiras todo por la borda porque imaginas que delinearán la ilusión con marcador permanente y acabarán juntos, riendo despreocupadamente como si nada más existiese, ¿quién es tan pesimista de imaginarse lo peor de primera mano? Y justo lo que menos se te ocurrió pensar, sucede. Desvanecen tu ilusión con goma de borrar y el papel queda en blanco, como si lo que pintaste con unas pocas palabras bonitas fuese carbonilla y de la más berreta porque para el idiota que te ilusionó las palabras que susurra como poesía con la cruel intención de conquistarte son insípidas, pero para tí... ¡significan tanto! Y la historia termina contigo regañando a tú corazón que ya no ocupa más su lugar porque yace roto en el parquét, con los ojos añegados en lágrimas, recostada en tu cama, irreconocible debido al llanto que te apodera y las pesadillas que hacen imposible tu sueño y colorean unas manchas violáceas debajo de tus párpados volviéndote un pobre zombie desilucionado.

5 de febrero de 2011



Extraño despertarme a 15 minutos de que el comedor cierre, bajar en pijama, que todos los viejos nos miren mal y comer el rico desayuno del hotel. Terminarlo, subir y ver los sables de la escalera y reírnos.
Cambiarnos, llegar a la playa y ver que de nuevo, somos las primeras que llegamos. Meternos al mar con Pame y Gusti, cagarrrrrrrnos de frío e ir corriendo a la pileta (llevar la cámara) y tomar sol.
Extraño que lleguen Vicky y Chia, volver al mar, a la pileta e ir a almorzar. O quedarnos en la carpa y almorzar ahí.
Extraño ir gritando 'jaaaaack' por la peatonal, extraño que Chia diga 'VAMOS AL MAR?' y que las tres le digamos 'PARAAAAA CHIARA'.
Extraño irnos de la playa a las ocho, extraño bañarme y ensuciar el baño. Cambiarme e ir a la peatonal.
Extraño aunque no lo crean, el día en que me enfermé. Porque me dí cuenta que están conmigo pase lo que pase, y, sabiendo que yo no podía salir de la carpa... ustedes tampoco salieron. Lo que sí que no extraño es haberlas tratado tan mal esa noche, perdón perdón, fui de lo peor.
También extraño despertarme con la mejor sonrisa porque ya me había curado, ir al médico, que me de 'el alta' y un papel con la dieta que tenía que seguir (y jamás seguí). Llegar a la playa con una sonrisa de oreja a oreja, y ver que ahora había caído Chia enferma. Somos re carlitas.
Extraño a mi Carla Magna, a mi Pancha Isla y a mi Magna Carta. Extraño ser Billy Billarda.
Extraño reírme tanto. Día, mediodía, tarde, noche, medianoche riendo ¿quién no se puede reír con ustedes, si con total de reír hacemos cualquier cosa? Gritar por la peatonal, complotarse con el vendedor y maltratarme entre todos con el masajeador para la cabeza, reirnos del Chapalmalal y sacarnos fotos con gente desconocida.
También extraño a Tham.

Creo que no puedo pedir unas mejores amigas porque eso sería imposible, no creo que existan mejores amigas que ustedes. Amo a mis amigas con cada partícula de mi ser, ¡las amo tanto!
RZPR LOVE ONDITA POR SIEMPRE