28 de agosto de 2011

Luces de la ciudad, parte II





Gracias a las luces de la ciudad, logré comprenderlo.
Mientras descansaba mi cabeza en mi mano derecha y derrochaba un par de lágrimones abrigué en mí, luego de tanto tiempo, un pensamiento optimista. Una pequeña luz para iluminar mi desdicha. O miles, como las que recorren la noche.
El tiempo se devora las vidas como si fuese su plato favorito. Pero ¿porqué no? Si puede devorar vidas, puede devorar dolor.
Luego de tanto odiar el reloj de arena y las mil pesadillas que abarrotaban mi mente sin dejarme dormir logré entender que no será para siempre. El dolor pasará. Ya llegarán tiempos mejores. 

Nuestras existencia es efímera, tal como las luces que irrumpen la misteriosa inocencia de la oscuridad, y así lo serán nuestro dolor,  nuestras dichas y toda la miseria que  abracen  nuestra estadía.