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5 de julio de 2011

La triste música que tocaba el piano retumbaba en mis oídos mientras sostenía una taza de café en mis manos, intentando encontrar en ella algo de calor para caldear mi alma gélida y el frío que sentía por consecuencia.
Exhalé dentro de ésta y pronto mis lentes se empañaron.
— Eso es realmente tierno.


Tú, mientras saboreabas un whisky escocés, te acercaste a mí como si un imán te atrajera. Me echaste una mirada de pies a cabeza, evaluando si esperaba a alguien o si en realidad, estaba sentada en la mesa más alejada solo para refugiarme del frío que congelaba la avenida principal y no tenía motivo alguno para rehusar de lo que creías que era tu ansiada compañía. 


Al dirigir mi mirada a tus ojos y notar que mi café y éstos eran del mismo color, cruzó por mi mente la voraz e ingenua lujuria de ser capaz de beber tu alma del mismo modo que minutos antes hacía con mi elixir; pero, al recordar que si existe el cielo es inevitable encontrar un infierno latente en la tierra —y que en ésta tierra el infierno poseía un terreno más extenso que el cielo—, me arrepentí de haberte deseado de aquél modo y pronto me aventuré a preguntarte del modo más altanero que me fuese capaz qué era lo que hacías aquí, más que arruinarme una velada perfecta.


— ¿Qué, no lo ves? Estoy arrepentido.
— Estás ebrio, que es diferente. El whisky no solucionará tus penas, venir a hablarme en éste estado creyendo que yo soy más vulnerable de lo que eres tú es patético. Qué siquiera te atrevas a pensar que el alcohol te volverá más valiente y te dará las agallas que jamás tuviste ni tendrás es tristísimo, ¡me das tanta pena! — solté en un ataque de ira pero pronto tuve el presentimiento que las palabras que vociferaba eran como una neblina para tí que pronto te verías obligado a transpasar besándome, provocandome lo mismo que el alcohol provocaba en tí.

19 de noviembre de 2010

Rayó en lo absurdo.

Jazmín abrió su buzón con normalidad, como parte de la rutina y se quedó anonadada: una cajita de cinco centímetros de largo de un color negro profundo que llevaba un gran moño platinado yacía en donde con normalidad había correspondencia o cuentas del banco o de la luz.
Pero hoy, no había otra cosa más que un regalo.
Lo volteó varias veces mientras se dirigía a su casa: definitivamente se trataba de joyería.
Lo examinó con presición pero no descubrió tarjeta ni dedicatoria así que lo tomó como un regalo anónimo.
Primero la asaltó la duda ¿quién podría haberle enviado lo que aparentemente era una joya? Al pensar que podría haber sido un pretendiente rico se sintío sofisticada y aspiró profundamente ¡Caramba! ¡Porfín saldría de esa pesada y horrible crisis ecónomica! Aceptaría su mano en matrimonio rápida y furtivamente, se casarían y pronto estarían en un crucero, vistiendo vestidos de sedas y joyas en ambas manos, rumbo a alguna isla privada cerca de la Polinesia...
Luego, la asaltó la desconfianza: era imposible que ella tuviese un pretendiente ¡y mucho menos rico!
Después, creyó comprender todo, ¡claro! pensó, ¡seguro se trata de una equivocación! El cartero se debía haber equivocado de departamento y por eso había recibido en su buzón esa joya tan cara...
Entonces se dió cuenta que ni siquiera se había cersiorado de que era una joya y mucho menos carísima... Tal vez era otra cosa.
Rompió el emboltorio, arrojó el moño al suelo y se encontró con una cajita de cuatro centimetros de un elegante color morado. Ésta no llevaba moño, ni listón y continúo rayando el anónimato.
Tomó una gran bocaza de aire y la abrió.
Pronto descubrió que no era ninguna joya cara, no, no se trataba de eso.
Conocía el regalo: era un pedazo de hojalata soldado con una excelente maña, y con un aplique de una piedra semi preciosa hurtada de otro anillo similar pero roto y con muchos años de uso que ahora yacía olvidado en un cajón y vacío, sin la piedrita plateada que ahora llevaba este cachabache.
Y en ese momento, el anónimato tuvo nombre y rayó en lo absurdo: Gutierrez.
¡No era ninguna equivocación! ¡No solucionaría ninguna crisis ecónomica! ¡Jamás había existido algún pretendiente rico! ¡Y nunca iría a la Polinesia ni vestiría ropas de seda!
Dejó el dicho "presente" (entre muchísimas comillas) en el suelo y con sus zapatos de tacón corrió al ayuntamiento a cambiar su código postal ¡Jamás querría recibir algún otro regalo estúpido de ese muchacho tan estúpido!

25 de agosto de 2010

le dénouement.

[...] Sin embargo, cada vez estaba más atorada, encadenada en un abandonado tronco, en medio del laberinto, sin salida alguna.
Las paredes no cesaron de crecer hasta que bloquearon el sol, me sumía en una imprecisa oscuridad, ya ni podía apreciar los muros que estaban consumiendome, creí que acabaría por volverme loca y de pronto, casi por accidente, la oscuridad fue aclarándose.
Pestañeé varias veces para comprobarlo ¿sería verdad? ¿o sería un espejismo creado por mi mente como refugio?
Pero no, ahí estaba: justo donde había comenzado, en el principio del laberinto.
Miré hacía atrás y el gran laberinto se sumía oscuro, tétrico y dañino; pero a pesar de eso, no me provocó nada, no sentí nada al mirarlo y —como muy pocas veces— miré hacia adelante. El pasto brillaba por el rocío, verde, más verde de lo que podía estar jamás y el sol relucía en su poniente, lejos, en el horizonte, y de pronto, me estremecí de placer. No lo pensé dos veces, y, antes de que me arrepintiese continué mi camino, y me dirigí al frente con la mirada puesta en el horizonte, siempre.