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28 de agosto de 2011

Luces de la ciudad, parte II





Gracias a las luces de la ciudad, logré comprenderlo.
Mientras descansaba mi cabeza en mi mano derecha y derrochaba un par de lágrimones abrigué en mí, luego de tanto tiempo, un pensamiento optimista. Una pequeña luz para iluminar mi desdicha. O miles, como las que recorren la noche.
El tiempo se devora las vidas como si fuese su plato favorito. Pero ¿porqué no? Si puede devorar vidas, puede devorar dolor.
Luego de tanto odiar el reloj de arena y las mil pesadillas que abarrotaban mi mente sin dejarme dormir logré entender que no será para siempre. El dolor pasará. Ya llegarán tiempos mejores. 

Nuestras existencia es efímera, tal como las luces que irrumpen la misteriosa inocencia de la oscuridad, y así lo serán nuestro dolor,  nuestras dichas y toda la miseria que  abracen  nuestra estadía. 

17 de agosto de 2011

Antaño

Libros ajados por el tiempo,
tus ojos observándome desde la utopía.
Amores ajados por el tiempo,
tomados de la mano en mi fantasía.

¿existe realmente lo que tú estás buscando...
... o tan solo te empeñas en sueños de antaño?

5 de diciembre de 2010

Psicosis

Sus puertas yacían cerradas hace tiempo atrás. Pronto las cerraduras serían perfectos refugios para arañas que quisiesen tejer sus telarañas, ya que jamás serían molestadas por nadie. Nadie más se atrevería a salir o a entrar a esa morada.
Mucho antes, cuando aún le quedaba una ínfima fuerza de voluntad, le cerró las puertas al mismísimo Sol. Tapió las ventanas sin más ni menos, pero sin embargo, no se rehusó a iluminar su triste vivienda con luz artificial.
Era cerca del décimo octavo mediodía en el que no prendía el horno ni abría la heladera, había dejado de comer hace bastante tiempo.

Su departamento olía mal, a encierro y a suciedad.
Y en parte era por su culpa, claro está que por no limpiar la casa el olor podría escapar de cualquier lugar. Pero en este caso, ella era la que lo exhalaba: había dejado de bañarse.
Efectivamente, había dejado de socializar, de tener contacto con demás personas, por que cualquier persona era dañina para su salud, sabía que cualquier persona le intentaría infundir ánimos para continuar, que cualquier persona criticaría a su amado y cuestionarían el porqué él la había dejado.
Pero ella no le encontraría sentido a esos consuelos, casi le parecían estúpidos. Él era su razón de vivir, él no era mala persona, no era estúpido, y si la había dejado era por su culpa y nada más que por algo que ella había hecho mal. De todas formas, el consejo más superfluo e inutil era el de seguir con su vida normal, sonaba obvio para ella, desde que él se había ido sus ganas de vivir también la habían abandonado.

Lo único que le había quedado eran las lágrimas.
Se debilitaba cada vez más, encerrada en su comedor, recostada (o sentada) en un rancio sofá, muriendo de hambre, pero su corazón no la dejaba comer. Le pesaba el corazón, se sentía cada vez más y más débil, se preguntaba si moriría, se preguntaba si podría retomar su vida ahora que estaba en su lecho de muerte, se preguntaba si todos los recuerdos que vivía en su mente como si fuese un film antiguo alguna vez habían sido verdad ¿él la había amado o solo era una fantasía?
Entonces, todo estuvo muy claro. Debería haber alguna razón buena por la cuál él la había dejado, y siempre había confiado en él y lo había seguido a todo lo que hacía, ¿entonces qué hacía allí? Si él la había abandonado... entonces ella debería abandonarse, y como si el suicidio fuera una decisión sencilla, dejó de respirar. Además, respirar era un beneficio.

Tal vez apretó sus párpados, o tal vez no. Su cuerpo profirió un último suspiro y porfín descansó. La llama de su vida se apagó y su consumido corazón dejó de latir. Nada (ni nadie) sabía de su prematuro fin, pero en cuanto la putrefacción alcanzó el límite los vecinos se enteraron y la policía entró en acción. El cuerpo yacía inerte, y era la fuente de alimento de miles de insectos.
Los policías se encargaron de buscar sus conocidos, y todos aquellos, tanto sus familiares como sus amigos suspiraron aliviados al oír su nombre, pero gritaron horrorizados al enterarse qué le había sucedido. Lo cierto es que la pequeña había desaparecido hacía mucho tiempo. Encontraron en la casa miles de escritos en donde ella nombraba a su dichoso novio, pero ningún conocido de la susodicha sabía de la existencia de algún marido en cuestión o un amor. Lo cierto es que su madre le encontró el sentido: su novio era producto de su imaginación. Jamás había existido alguien de tanta importancia para ella que estuviese vivo, y por lo pronto, se había encerrado en cuanto la habían diagnosticado de psicosis en el hospital del Estado.

25 de septiembre de 2010

Su rostro delataba los muchos años que había vivido esa pobre mujer, tenía la cara surcada de arrugas, los ojos cansados, una sonrisa demacrada y no cesaba de temblar. Usaba unas grandes gafas que seguro abarcaban todo problema de la vista posible.
Su cabellera iba a juego con su larga falda, ambas de beige oscuro, color que también coloreaba sus labios, tirando más al rojo amarronado.
Sin embargo, aunque llevase un blaizer color ultramar elegante, y pareciese una anciana elegante, de buena familia, con buena economía y demás... parecía bastante vacía.
Triste, y harta. Aburrida de la monotonía de su vida, agobiada de la rutina del día a día, que la arrastraba desde valla a saber uno cuándo, desde que ella era una niña, desde que asistía a la primaria vestida con un guardapolvo verde mar, con su mochilita roja, dos largas trenzas en lo alto de su cabeza y una sonrisa radiante de oreja a oreja, desde antes de lo que su memoria podía llegar a cubrir.
Supuse —por que a todo esto, ambas estábamos bajo un frío abrazador esperando al colectivo a las seis de la tarde de un día de semana— que la mujer había decidido cambiar su habitual rutina, que se había cansado y quería probar algo nuevo, jamás se me cruzó por la cabeza que la pobre vieja estuviese loca.
Las demás personas no la miraban, la pasaban por encima, se enfrascaban en sus propias historias, en sus inútiles problemas, o aún peor, la mirasen como si estuviese loca.
Aquí está la cuestión: la mujer movía la cabeza, hacía gestos extraños y movía la boca, como si estuviese hablando pero sin articular palabra más que un balbuceo constante, y sin emitir sonido alguno. Fijaba la vista en algún punto inexistente y le coqueteaba a valla a saber quién, jugueteaba con su pelo y le dedicaba tímidas sonrisas; o si no, fijaba la vista en algún otro punto inexistente y le dedicaba una retada de aquellas, fruncía el entrecejo y mientras movía las manos, abría y cerraba la boca enojada.
Por suerte, el frío cesó para mí cuando llegó el colectivo.
El vehículo se puso en marcha rápidamente, pedí el boleto y, mientras buscaba asientos vacíos o buenos lugares donde pudiera aferrarme, ella pidió el boleto y no pude escuchar su voz. No pedía que me dirigiese a mí la palabra, sino oírla decir un simple 'uno veinte' o 'hasta plaza de mayo', y, directamente, le cedieron el asiento y ella, tomó asiento enfrente mio.
La mujer seguía hablando sola, inventándose un propio mundito donde por unos minutos pudiese hablar con seres invisibles y viajara en un colectivo hasta marte ida y vuelta. Donde la gente que la mirase mal y creyese que la loca se había escapado del manicomio entre risas sádicas solo fueran un molesto zumbido en la oreja y nada más.
Me dí cuenta que la estaba observando hace bastante, y la miraba de un modo muy extraño... Si alguien me mirase fijo por más de diez minutos como lo estaba haciendo yo, realmente me asustaría. Sin embargo la mujer no lo hizo, creo que ni se percató que la estaba observando.
Continuó hablando sola, sin percatarse que yo la miraba, sin siquiera devolverme la mirada en tono de alarma, no, ni eso hizo.
Luego de un rato abandonó el autobús, casi de manera instantánea. Debería saberse el camino de memoria, se levantó del asiento, con mucho cuidado caminó entre el aglomera miento de gente y presionó el timbre justo 200 mts antes de la parada, como es debido. Bajó las escaleras, tranquila y así continuó caminando sin dejar de hablar por un solo segundo.
Casi sin querer, esta peculiar anciana huyó de mi vida casi más rápido de lo que había entrado a ella.