25 de junio de 2014

II



 La gloria la sentí cuando descubrí cómo desmigajar el pan para utilizarlo de anzuelo.
 Primero sentí gloria, y después poder (porque toda gloria acarrea inexorablemente un sentimiento de superioridad ante el oprimido), victoria al contener mi sonrisa de vencedor y continuar con el ardid. Mentón alto, satisfacción, poder infinito.
 Más adelante llegó la incertidumbre: la inconsecuencia del ser humano volcada en mi carne, la desconfianza hacia el impulso más puro de nuestra sangre, de nuestros sentidos. El cuestionamiento de la realidad con meros existencialismos. 
 Llegó la pena, y el dolor. 
 La alegría que inundó todo llegó después; mucho antes que el cansancio y la incertidumbre, que siempre parecía perseguirme como una sombra oscura persigue el calor del sol.

 El orden nos tranquiliza: inhalo, pausa, exhalo, pausa, inhalo, pausa. Todo tiene cierto orden, cierta estructura. Nadie muere antes de nacer. Ordeno mi historia para poder superarla, para poder entenderla.  Para comprender porqué te quise tanto y ya no te quiero. Para entender qué paso en el medio y no intentar arreglarlo, porque lo que ya está roto no podrá remediarse. Además, ¿serviría de algo querer reparar lo irreparable? ¿Cómo reparamos la vida que duele como mil soles, la adolescencia que quema más que mil espinas y la muerte que penetra como mil angustias?
 Tuve el mar y la lluvia, y respondían a mi capricho. La tormenta comenzaba en cuanto una lágrima brotaba de mi mejilla y la nieve caía cuando un suspiro de vapor se escapaba de mi boca.
 Yo tuve todo, sé que así fue y por nada en el mundo quiero alguna vez cuestionarlo. 
 Tuve todas las tragedias de amor con las que siempre soñé, fui Romeo y fui Julieta. 
 Y era todo tal como la vida podía dármelo: real, palpable e inestable. Viví una verdadera felicidad la cuál tan sólo puedo reconocer ahora. 
 Nos quedábamos bailando hasta que las estrellas dejaban de existir. Charlábamos en el balcón tomando limonada. Éramos niños, jóvenes y adultos. Niños al pelear con almohadas y bailar música a destiempo. Jóvenes al besarnos riendo. Viejos al dormir abrazados, despertar ojerosos e ir a trabajar, amándonos desde la distancia. Trágicos.
 Porque el amor siempre es trágico. Siempre lleva consigo el sabor de una victoria y una derrota, de un futuro incierto que sabe a pérdida y de un comienzo espléndido. Lleva el sabor de la vida y de la muerte, es la analogía perfecta de su fusión imposible.

 Y así, previniendo la tragedia, llegó la niebla nuevamente. Y con la niebla, la lluvia. 
 Y todo terminó mientras recordaba el primer beso, ¿seré la única que siente que saben iguales? ¿Qué el último y el primer beso implican sangre?
 Aún estaba intentando sentirlo, mojarme mis labios con tu elixir cuando descubrí que lentamente todo terminaría para siempre.
 Que lentamente los recuerdos irían desapareciendo y nos iremos olvidando uno del otro. Porque así es la vida y eso es lo que hace la gente: los deja ir para que ya no quemen, para que ya no ardan y extingan lo que nos queda de vida. 

 Para que todo acabe aquí y ahora de la misma manera que comenzó. 

6 de julio de 2013

Ya no


Y exhalas. Tomas una pequeña bocanada de un aire que se ve (¿el aire puede verse?) y se siente mucho más puro que el que estabas acostumbrado a inhalar. Desde lejos, todo se ve más puro, más simple, más, más, más —¡qué fácil es hablar en retrospectiva!—, respiras más profundo y soltas.

Suspiras.

Exhalas y sentís que el pecho se desinfla un poco, por completo. Sentís como aquellas impurezas se desvanecen en el aire, se esfuman delante de tus propios ojos. Y soltas la cuerda que venías tirando hacía metros, kilómetros. Te rendís y observás tus manos magulladas por tanto luchar, te rendís y suspiras. Porque rendirse no siempre es sinónimo de debilidad, todo lo contrario. Muchas veces es sinónimo de fortaleza. Porque dejas ir aquello por lo que ya no tenía sentido luchar. 


24 de junio de 2013

"El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir."
— Frédéric Beigbeder 

17 de abril de 2013


"La máquina es minuciosa; está siempre bien aceitada. La muerte, la traición, la desesperanza estarán ahí, bien preparadas: los estallidos, las tormentas, los silencios, todos los silencios: silencio cuando el brazo del verdugo se levanta por fin; silencio al principio, cuando los dos amantes están desnudos uno frente al otro por primera vez, sin atreverse a hacer un movimiento, en el cuarto a oscuras; silencio cuando los gritos de la multitud estallan en torno al vencedor, como en un film cuando el sonido se traba, todas las bocas abiertas de las que nada sale, todo ese clamor que es sólo una imagen, y el vencedor, vencido ya, solo en medio de su silencio…
La tragedia es limpia. Es tranquilizadora, es segura… En el drama, con sus traidores, la perfidia encarnizada, la inocencia perseguida, los vengadores, las almas nobles, los destellos de esperanza, resulta espantoso morir, como un accidente. Quizá hubiera sido posible salvarse; el muchacho bueno tal vez hubiera podido llegar a tiempo con la policía. En la tragedia hay tranquilidad. En primer lugar, todos son iguales. ¡Todos inocentes, en una palabra! No es porque haya uno que mata y otro muerto. Eso es cuestión de reparto. Y además, sobre todo, la tragedia es tranquilizadora porque se sabe que no hay más esperanza, la cochina esperanza; porque se sabe que uno ha caído en la trampa, que al fin ha caído en la trampa como una rata, con todo el cielo sobre la espalda, y que no queda más que vociferar –no gemir, no, no quejarse–, gritar a voz en cuello lo que tenía que decir, lo que nunca se había dicho ni se sabía siquiera aún. Y para nada; para decírselo a uno mismo, para saberlo uno. En el drama el hombre se debate porque espera salir de él. Es innoble, utilitario."

Jean Anouilh

16 de abril de 2013

Crónicas de Julieta II


"Y de pronto el mundo se detiene por un instante: un aliento gélido congela todo lo que nos rodea dejándonos un momento de intimidad en el medio de aquella vorágine de gritos y lamentos.
— Adiós.- susurrabas y me besabas lentamente, arriesgando la vida de por medio. Tu valentía me volvía loca, ignorabas tu propia vida poniendo en un pedestal la gloria eterna de un salvaje beso. 
No me abandonarás jamás. Espero que nada impida a nuestro amor florecer y alcanzar el esplendor, porque desde que te has ido tan solo respiro tu ausencia.
Recorro los pasillos del castillo buscando un perfume que ya no está. Lamo mis labios y busco los tuyos pero lo único que puedo sentir es el deseo de que aquél aliento gélido congele mi corazón, quitandole la escarcha a todo lo que perece alrededor, porque sufrir tu ausencia es más duro que tenerte cerca."

18 de diciembre de 2012

A veces la espuma de las nubes se confunde con el empaste del cielo.

Y finalmente, lo encontró.
La muchacha carraspeo y con una sonrisa empática observó al pequeño niño —o no tan pequeño— que se ocultaba debajo de las sábanas. Y en un afán de mostrarse fuerte por ambos, aunque le pesara el corazón, sonrió, ignoró la desafinada melodía que producían sus sollozos, y sentándose a su lado desarmó el refugio de sábanas y procedió, entre cosquillas, a intentar distraerlo.
— ¡Está bien, está bien, por hoy ganaste! Jamás se me habría ocurrido buscarte acá, tonto, ¡qué susto que nos diste!
— Perdón.- susurró como una brisa inocente que, lejanamente, ella oyó mientras ladeaba la cabeza- Yo quiero... No, no puedo, perdón.
—Soltá esa obsesión que no le hace bien a nadie,- suspiró- olvídate por un minuto de tus anteojos.- y procedió a quitárselos con dulzura- Prepárate entonces para ver la vida tal cual se te presenta en el mundo, todo puede ser borroso y así es como lo ves, ¿sabes? No hace falta definir los bordes de todo... A veces la espuma de las nubes se confunde con el empaste del cielo. Y el horizonte con el mar. 
El niño lloró una estrofa más y se cubrió la cara con sus manos.
— No todo puede definirse con contornos. Basta, basta, terminala con eso.- se interrumpe porque de momento a otro él comienza a golpearse la frente.- Deja de entrecerrar los ojos, olvídate de fruncir el ceño. 
— Llueve
— ¡No intentes distraerme! Creé por un minuto que los latidos del corazón tienen un sentido. Siempre lo tienen. Y sí no, dáselo. Mentirnos a nosotros mismos es de los peores escapes pero muchas veces es la única solución, la mejor.
— ¿Y las utopías?
Volvió a sonreír, y esta vez la sonrisa salió desde lo más profundo del alma. Con un brillo especial.
— Me equivoqué. La mejor solución es y será siempre la de perseguir utopías. 

12 de diciembre de 2012

"Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son."
Julio Córtazar

11 de diciembre de 2012

Espejo

Caminar, detenerse en una vidriera y posar la mirada allí. Observar indiferentemente los zapatos esparcidos en un decorado mediocre, levantar la vista y encontrarte en el cristal. Y clavar la mirada con más detenimiento. Observarte observando. Perderte en tu fisonomía, en tu cuerpo, en lo que llevas puesto, sin siquiera pensar en aquella persona detrás del cristal que cree que estás mirándola a ella y se sonríe, que ignora el hecho de que nunca reparaste en su figura por tu mera acción narcisista, y más bien estás mirándote a través de ella, usando aquella vidriera que los conecta como un espejo para observarte a ti mismo
Es que, te buscaba porque quería verme a mí, te miraba y me buscaba en el iris de tu pupila. Buscaba en tu persona todo lo que a mí me gustaría tener, todos mis objetivos, mis metas, mis fortunas; mis carencias. No te buscaba a ti por ti, te buscaba por mí, ¿y cuántas veces habríamos hecho eso inocentemente? Alguna vez leí por ahí una frase que cautivó mi atención: "sigo prefiriendo arder" y era así. Yo quería arder. Arder en éxtasis absoluto, pasión, locura. Una llamarada amnésica. Quería quemarme. Alguna sensación de fuego, saciedad insoportable que jamás sería saciada por completo. Porque el deseo es la falta de algo, carencia. Con la plenitud el deseo desaparece, y al verlo a él, tan estrafalario, quemándose en su egocentrismo, en su improvisado mundo de actuaciones y su mundo de despreocupaciones sentía que quería permanecer allí. Más bien porque quería ser eso. Aquél fuego que yo andaba buscando tan ensimismada, estaba escondido en mi misma. Y era más sencillo buscarlo en ti que permitirme encontrarlo en mi.  

17 de noviembre de 2012

"... A veces cuando vengo para acá, me siento en la estación de Chacarita y observo, pienso. Los trenes pasan poco tiempo en la estación. Los peatones que no van rápido sólo alcanzan a ver como las compuertas automáticas se cierran y ese silbido metálico que sale de la nada anuncia que el tren se va, que el tren se va. Yo veo las caras de toda esa gente, ¡todos piensan lo mismo! "la puta que me parió". Miran el reloj, miran el cielo, miran a ambos lados de la vía, vuelven a mirar el reloj y piensan en cada acción que hicieron previamente al momento en donde perdieron un minuto de más. Claro, mientras uno maldice su vida, al conocido que te encontraste en medio de la calle y no podías sacarte de encima o a esa película que no terminaba más y tuviste que apagarla sin conocer el final, llega otro tren. Y te subís y te olvidás que en realidad el mal humor que tenes ahora es por culpa de haber perdido el primero. Uno nunca piensa que siempre habrá otro tren. No es que la línea San Martín tiene sólo un coche y planea que todo Buenos Aires tenga suficiente con ese. Todos los trenes se van para llegar a la terminal, dar la vuelta y volver a pasar por la misma estación en dónde lo habías perdido alguna vez. Pero uno nunca está ahí para presenciar al mismo tren porque ya abandonó la estación mucho tiempo antes... "

24 de octubre de 2012

C'est

 ¿Y qué si tan sólo fuéramos pequeños puntos en el espacio? ¿Insignificantes personajes dentro de una dramaturgia gigantesca? Si viviéramos dentro de la mente retorcida de algún brillante escritor y un grupo de actores aficionados se propondría representarla, luego de que nosotros post mortem abandonásemos el escenario para dejar lugar a que representen nuestro papel.
Al soltar el alma y dejar que otro atraviese tu cuerpo, lo primero que un actor se pregunta es quién es y qué quiere aquél personaje. Cuál es su objetivo. Qué está buscando y hacia dónde va. Representar a otro es mil veces más sencillo que quitarse la máscara que protege nuestra verdadera esencia y pararse frente a decenas de ojos críticos que, ayudándote o no a crecer, destruyen tu pequeña construcción. Criticar es más sencillo que defender.

El cenital emite tanta luz que te obliga a entrecerrar los ojos. Y allí, con paso tímido avanzas hasta el proscenio. Entregas todo lo que podes entregar, sos todo lo que podes ser, brillas únicamente como vos lo haces pero en un instante todo se detiene. El público parece congelarse en sus butacas posibilitando el diálogo interno. La jovencita de amarillo promete sonreír hasta la eteridad, la anciana de primera fila se congela en pleno estornudo y el muchacho sentado junto a ella ha sido detenido con una mueca espantosa. Y vos no sabes hacia dónde vas ni qué estas buscando. Ni siquiera te percataste que tenías que pensar en un "objetivo" o en algo que entregue clímax a la representación... ¿qué es lo que queres, entonces? Aún así, lo peor de todo no te permitis aceptarlo, pero en tu fuero interno lo sospechas: no tenes idea de quién sos. Si después de todo... todo lo que está pasándote en plena función está siendo improvisado. El libreto cambia a cada instante, ¿cómo es que nadie se atreve a pensar que podrás saber qué decisión y rol aceptar en cada situación que se te presente enfrente? 
Con las manos fuera del fuego opinar y suponer es incluso divertido, pero cuando cualquier piedra se mete en nuestro camino las cosas adquieren otro color y ni uno mismo sabe cómo va a reaccionar ante eso. 
No hay preguntas que responder, no hay nada que decir. Todo está en constante movimiento. 

5 de julio de 2012

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?


¿Cómo hacerte saber que
siempre hay tiempo?

Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,

Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el "por qué" de los niños tiene un porque,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien "sea" hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?

{Mario Benedetti}

11 de junio de 2012

Inercia I

Rutina, monotonía, existencia, vida misma.
Subsistir no es lo mismo que vivir.
Permanecer estables hasta que algo o alguien accionen algo en ti y entres en movimiento por pura inercia. 
Inercia, tú: "todo cuerpo en reposo permanece en reposo mientras no actúe sobre él una fuerza externa"
Una salida al gris del día a día, pinceladas de color en la vida.
Montaña rusa —miseria culminante, éxtasis absoluto, tormenta, resplandor—, fuerza externa, nuevas metas, axiomas, conclusiones. 
Plantar ilusiones como si fuesen semillas que darán fruto a verdes árboles frondosos, después de todo ellas no son tan malas, no tienen la culpa de ser irreales, fantasiosas y de, a veces, no dejar nunca de ser ilusiones. Utilizar las utopías no como lamento de la realidad sino como fuerza externa que impulsa, inercia. 



4 de abril de 2012

hasta que el primer disparo rompa el silencio

El sol se ponía por el este y salía por el oeste; te levantabas sonriente y preparabas el desayuno mientras yo intentaba sacudirme la modorra envuelta en las sábanas; "más leche que café, por favor" te gritaba desde la cama; y el mundo se daba vuelta por un instante.
Preferíamos continuar mintiéndonos que abordar la verdad, siempre había sido así y continuaría hasta llegar a la cima del éxtasis, a nuestras mejores sonrisas y nuestros mejores placeres; hasta que nos sorprendiera el primer disparo, augurio de guerra, y con ella la verdad pura y virginal sin diplomacia o maquillaje que mitigue la realidad. 

27 de marzo de 2012

"Tengo que dar celos a Romeo. Quiero que los amantes ya muertos de este mundo oigan nuestra risa y se pongan tristes. Quiero que el aliento de nuestra pasión reduzca a polvo la conciencia, para que al dolor despierten nuevamente sus cenizas."
-Oscar Wilde

16 de marzo de 2012

sin tí... y de tí, enamorada

miradas ciegas
sonrisas caprichosas
caricias vacías

silencios paupérrimos
futuros irrevocables
veranos oscuros

tinieblas seniles
sueños asolados
risas mordaces

26 de febrero de 2012

Película independiente

La luz llamó su atención. Dirigió su mirada al oscuro firmamento en el momento preciso en que el rayo dividía el paraíso. Cerró los ojos asustada y buscó su abrazo:
— La luz viaja más rápido que el sonido.- murmuró él en su oido, encendiendo su piel helada.— Detesto la lluvia.
Ella le preguntó la razón.
— No puedo fumar, ¿notaste lo dificil que se vuelve? La humedad en el aire impregna el cigarrillo hasta el punto de imposibilitar mi vicio, pero a la vez... debo admitir que me agrada. Suelo fumar tranquilo en el recibidor, recostado en el sofá y luego salir a la calle, sin motivo alguno. Cuando llueve la gente se vuelve extraña, ¿sabes? es como ver una película, el paisaje es simplemente maravilloso, el cielo llora y hay millones de personajes: la pareja cliché que se besa apasionadamente bajo el aguacero, los abuelos con sus paraguas de generaciones pasadas robados directamente de algún film antiguo, las jóvenes escandalizadas porque la lluvia diluye su maquillaje, las almas en pena que disfrutan empapándose de lágrimas que no terminan de comprender si son suyas o si han caído del cielo, las niñas disfrutando de los charcos, con sus botas de lluvia enfundadas hasta la rodilla y un vestido intocable con su lazo anudado con un moño detrás, combinado a la perfección con el paraguas pintado de mil sonrisas. Simplemente... es una película independiente a la que nadie presta la suficiente atención.
La muchacha sonrió.
— Olvidas los extras: las millones de personas corriendo, huyendo, escapándo siempre de ese algo que las almas en pena jamás decifraremos mientras estamos en nuestro climax.

28 de enero de 2012



Los árboles llevaban tiempo sin danzar, secos y decrépitos. Pensó que quizá nunca más los vería moverse al compás de la música llenándose de vida y suspiró; podía oír al claro cielo quejándose de cómo las altas y desnudas ramas herían el firmamento: llevaban desnudas mucho rato, el otoño se había llevado a las hojas obligando a los árboles a lamer la misma soledad que ella palpaba en ese instante.

30 de diciembre de 2011

La noche más triste

El carraspeo de las lágrimas resonaba en todo el departamento pero debido a la acústica, aún más en el cuarto de debajo de la escalera, donde ella se encontraba, los gritos eran más fuertes que la música que intentaba ocultar la cruel pelea, el aire se sentía pesado. La pequeña de vestido índigo cubría sus oídos con ambas manos y largaba unas mudas lágrimas, no quería respirar, no quería hacer ruido pero aún así su corazón galopaba asustado pero cada vez con más fiereza. Se ocultaba bajo la colcha, sintiéndose invisible e inundando la cama llorando mareas, observando así con los ojos cerrados, cómo su niñez se alejaba en un barquito, escapándose y sin mirar atrás.


Colocó un dedo sobre el almanaque y despacio, descendió hasta llegar al día en que se encontraban, conteniendo el llanto: ya no era más la niña del vestido índigo y ya no tenía permitido llorar. Le habían jurado contra viento y marea que las chicas grandes no podían hacerlo lo tenían prohibido, y menos en público, mostraba vulnerabilidad y si lo hacía, sería débil... y aunque ella no sabía qué significaba aquello no abandonaba su soliloquio y mantenía la mirada firme. Mordió su lengua, arrojando hacia las profundidades del océano el ceñido nudo que se había formado en su garganta, cerró sus ojos y abrió su boca llevando al instante el dedo índice hacia allí para descubrir que el océano al que había arrojado sus problemas no era más que un mar de sangre. Aunque no se encontrase ahora en el cuarto de debajo de la escalera, nada había cambiado. Siempre el mismo día, siempre la misma historia.
Sintió de pronto como la miseria tomaba su cuerpo. Parecía un nuevo personaje, un único personaje en su cuerpo, su alma ya no existía allí, dejando a la miseria como huésped. Era una sensación extraña, sentía como el corazón bombeaba más lento y como su garganta se secaba pero aún así las lágrimas no aparecían por allí. No tenía permitido llorar, y no lo haría.

17 de diciembre de 2011

El dolor de la enfermera

Era cuestión de tiempo hasta que uno de los corazones que latían en aquella habitación de paredes blancas enmudeciera finalmente. La enfermera recorría la estancia inquieta, rastreando soluciones, sudando, induciendo sedantes, guardando las lágrimas, arreglando las sábanas, tragándose los nudos que se le formaban en la garganta, intentando luchar contra la muerte. 
Vociferando gritos de dolor que ni el mejor somnífero podría calmar, el dolor de la enfermera jamás pasaría por la mente del paciente demasiado abstraído en el suyo propio, aunque en efectos prácticos aquel dolor estaba muy oculto bajo capas de maquillaje y sonrisas falsas. María recordó lo que le recomendó el empleador en cuanto aceptó el trabajo mientras observaba el monitor que marcaba los últimos latidos de aquél hombre, mordía su labio inferior y dirigía una mirada llena de falsas esperanzas al hombre que yacía en la cama, "pero más que nada no muestres vulnerabilidad, mejor dicho: no puedes hacerlo, ¿imaginas una enfermera llorando? le quitaría la fe al paciente y acabaría por rendirse sin esforzarse en mantener su vida en pie... quizás incluso, si dejas caer una preciosa lágrima sería tu culpa María".
Se arrodilló al lado de la cama y le tomó la mano al enfermo, musitó palabras mágicas y él, por primera vez le dedicó una sonrisa antes de perecer para siempre, abandonando así a la enfermera y dejandole la chance de vomitar todas las lágrimas y el dolor que estaba latiendo hacía rato en su pequeño corazón.

Fue humana por dos minutos, hasta que recordó la última — y más ardua— tarea que le restaba. Secó sus lágrimas con un pañuelo que llevaba en su delantal, y se acercó a la esposa del difunto para comunicarle la cruel noticia. Los años que los médicos se la pasaban endureciendo su corazón al estudiar con cadáveres les garantizaba una tarea muchísimo más sencilla que aquella, que según decía en la guía de empleos podría realizar cualquier inútil.
Intentó mezclar las palabras más acordes con sus ojos enrojecidos pero eso pareció irritar aún más a la mujer, que pensó que quizás, antes de pasar a mejor vida su esposo habría fantaseado con la bella enfermera, sintiendo celos hasta de la muerte, para abandonar el hospital dirigiéndole a la enfermera la mirada más hostil que un ser humano podría dirigir. Ni siquiera se detuvo en considerar que María había permanecido toda la noche sosteniéndole la mano a su marido, rezando por su vida, por la vida de un hombre que en efectos prácticos conocía hacía menos de diez horas.

Sus grandes ojos café, tomaron el color de un cortado en cuanto los inundó en dulces lágrimas, alejándose del hospital para sufrir en paz. Nunca nadie consideraría el dolor que una enfermera podría llegar a sufrir, nunca nadie consideraría su esfuerzo por mantener de éste lado del río al paciente en los últimos instantes, nunca la verían de otro modo más que el que marcaba el protocolo. Siempre sería la enfermera y el hombro que indudablemente debía entregar a los pacientes para llorar sus últimas lágrimas, exhalar su último suspiro y compartir su último sufrimiento pero que luego de partir quedaría prendado en ella, terminando así con el corazón hecho trocitos y la boca llena del sabor de la muerte. 

26 de noviembre de 2011

La perfeccion de las estrellas

Por un mágico instante la posibilidad de que el tiempo se hubiera detenido cruzó sus pensamientos como una estrella fugaz irrumpe la tranquilidad de la noche: el paisaje permanecía tan calmo que ni la brisa encargada de mantenerla despierta producía el más ligero cambio en las copas de los árboles, ni siquiera había movimiento cerca de la avenida principal. Y ni hablar de las estrellas. Aquellos pequeños e imperceptibles destellos se multiplicaron cuando alzó la vista y clavó la mirada en un punto fijo en el firmamento "¡es tan injusto!" pensó, "los transeúntes de la oscuridad viajan enfrascados en sus problemas, que cuando alzan su mirada al cielo lo único que ven son un reflejo de éstos... y nadie percata la belleza de las pobres estrellas que nada pueden hacer más que aumentar su brillo para capturar su atención".
Abrió la boca y consideró poner a prueba al corazón que latía a su lado. Si se esforzaba en mantener sus ojos abiertos observando las estrellas como uno observa una imagen, absorto en sus ideas entonces no sería más que un error de su corazón al escogerlo, un alma perdida que ocupaba su corazón por confusión, en cambio si se perdía en sus brillos y sus destellos sería en definitiva el poseedor de la llave de su alma. Su boca se secó cuando por fin la cerró, acobardada como estaba. La posibilidad de que la primera opción fuera la ganadora la atemorizó y prefirió ignorar la verdad, manteniendo así la viva imagen del príncipe perfecto que tenía de él.

"No, no son solo puntos esparcidos en aquella gran sábana brillante, titilan" pensó él y al verlas no pudo más que discrepar con quienes no creían en la magia, ¡si allí estaban ellas como vivo ejemplo!, "la eternidad es mágica, ¿cómo lo hacen? Permanecen ocultas en la oscuridad sin alterar su forma o color por años luz, invariables, quietas, majestuosas. Perfectas.", y volteó su cabeza para observarla observándolo y ambos compartieron una sonrisa de otra galaxia, ¿no llevaría una estrella enjaulada en su pecho? Lo que sintió en aquél momento encajó perfectamente con lo que antes había descrito: un amor eterno, invariable, y por sobre todas las cosas oculto en la oscuridad.